viernes, julio 30, 2004

SOMBRAS


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Miro las fotos y veo al tiempo que se ha detenido. Mientras, detrás de mi, un escritor, le saca ruidos a una vieja Olivetti que escupe esputos de tinta sobre el papel.
Un genio canta a lo lejos, su rezo es traído por el viento hasta mi ventana, allí se detiene. Busca, escarba, se retuerce sobre sí. No entra. Espera. Retoma la búsqueda del resquicio hasta que un ring lo invita a pasar. Silencio. Pretensiones de secretas reuniones, comunión primero y después, ambiente clásico y modesto.
La música se deja oir ahora que existe paz y hay tranquilidad. Las canciones del enfermero alivian dolores neutros, inconfesables, soportados bajo la luna de julio, que trae lecturas entre sus brazos. Me deja el libro en custodia. Volverá recién el próximo año. No se si recordará que me lo dejó. Seguro que no. Mejor. Ciertos olvidos son convenientes. Abro un agujero en la pared y brotan recuerdos guardados entre tesoros. El viejo retorna ahora con esas historias que nunca contó y que ahora me encomendó reconstruir. Encuentro el conjuro para sus males: la palabra. A veces, lo asaltaban bandas de asesinos buscando el ojo del águila, a plena luz del día. Se llevaron a los amigos, a los soñadores pero dejaron los sueños. Tontos. No lo saben, se debieron preocupar de llevarse los sueños y dejar los cuerpos. Los cuerpos sin los sueños son solo eso, cuerpos, carne. Los motores de la esperanza hubieran dejado de funcionar sin combustible. Idiotas.
Por las noches los duendes oníricos buscan corazones donde anidar, voluntades para inflamar. Los asesinos son vencidos otra vez. El soñador rememora la noche en la mañana nueva:
"Terminaba la misa y cual mesa de ajedrez, el atrio con sus mosaicos de piedra contenía los trebejos de una historia de nunca acabar. El obispo alfil, saludaba animadamente a reyes y reinas, a caballeros y peones de los dos colores. Cada uno en lo suyo. Indiferentes todos, a la oscura luminosa historia coetánea, que transcurre y corre por la avenida.
Friedman, miraba a la distancia su reina perdida en una movida errónea del destino.
El dentista poeta, con su corta melena, contento con el trebejo arrebatado. La balanza se inclinaba para el matasanos.
Yaryes, Celano, Ramírez, Conchita Meaurio. Todos. Están todos. Fuenteovejuna.
Cristo muere solo en la cruz. Fue allá lejos y hace tiempo.
Enfrente, la plaza con la estatua de la Libertad, daba la espalda. Miraba con ojos de vidrio, a Alfaro y a lo Legal, adentro de la Delegación de Gobierno del Guairá.
En la noche otoñal, la plaza de la Libertad, llena de apepúes y bancos vacios, iluminada por luces mortecinas con lámparas de 40W. Inundada por el trío Los Panchos estaba el paseo.
Cruzo la plaza, me acuerdo de Don Félix: - Esta es la plaza menos libre que hay. Está entre la iglesia y la policia -.
Johny Albino sigue cantando: -que mis ojos jamás han llorado como aquella tarde que te dije adios-. Pienso.
- ¿Habrá ganado el club Pettirossi ésta tarde?, -que deseo volver a tu lado-,-porque eres mi vida mi cielo y mi dios-
-Lindo bolero!- mientras imagino a la niña de Itapua, dueña de mis sueños con Onam.

En la casa, atendida por dos mujeres, estaba la muerte Stronissta. La tía Petronita y doña Casilda con ojos llorosos y tristes, mejillas lavadas por lágrimas de impotencia. Dolor y silencio. Potencia de honor y dignidad de residentas patricias.
Estaba la muerte buscando entre los libros, alguna cosa. Buscaba entre papeles, la historia de don Félix. Averiguando que hacía. Estaba la muerte buscando notas, relaciones, servicios al hombre, a la humanidad, averiguando sobre la cooperadora escolar, la ayuda a la gente necesitada. Estaba la muerte averiguando sobre el club Pettirossi, de mates y tererés, en los días calurosos en la joyería, averiguando de las felices fiestas familiares de fin año.
Estaba la muerte buscando con sus dedos índices, al zapatero, al maestro Alonso, a las conexiones, a los miembros del FULNA, a los amigos, bajo sospecha de subversión.
Y no encontró nada. No pudo hallar a nadie. Ni a Valentín, ni a la Rosa Blindada.
Ni al Barón de Holbach, ni al conde de Montecristo, ni a Cristo.
Y no halló a Fidel, ni a los cubanos, ni a los chinos.
No halló a nadie. Ni a Jorge. Ni a los muertos por el Plan Estrella.
Ni a Fernández sin lengua ya. Ni a los compañeros cañeros.
Ni a Marx , ni a Lenín,
ni al Paraguay, ni a Manuel Ortiz Guerrero, ni a José Asunción Flores.
No halló el oro de Pekín y Moscú.
Ni a doña Antidia. No halló nada. Ni a nadie
Doce campanadas de la Catedral, avisan, es medianoche".
El soñador despierta



Comentarios:
muy bueno.habria que engarzar Nosotros los de entonces, ya no somos los mismos y los sueños como perduran y duran, y como perduran" (como estribillo) ò este otro
Distintos y somos los mismos"
El primero puede ir al final.felix un abrazo
 
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